Jose Fernandez in Memoriam

Por Mijail Mulkay
Ilustración: Karoll William

Triste día el de hoy porque desde ayer arrastramos la infinita tristeza de saber que no volveremos a ver lanzar al niño prodigio del montículo. No sé antes, pero en los años que llevo en este país, nunca había visto la ciudad tan triste. Jamás algo había podido silenciar el bullicio de los cubanos. ¿Quién dijo que los hombres no lloran? Sí, yo soy un hombre, y también tú, Luis, y todos los demás, y no hemos podido dejar de llorar. Estamos como detenidos en el tiempo, hipnotizados ante una noticia que no queremos creer y sin embargo es cierta, que nos robó la sonrisa a los cubanos. ¿Quién dijo que los hombres no lloran? He visto llorar estadios enteros, hombres de 6 y 7 pies, de todos los colores y nacionalidades llorando la pérdida del ídolo, no de una ciudad, sino de toda una raza, la nuestra. ¿Por qué? Le pregunto a la vida, al universo, al mar. ¿Por qué pasan estas cosas? Sólo quiero entender. Nadie responde. Me ahogo entre la emoción triste y mis cuatro paredes. Salgo de casa, intento no dejarme hundir en ese mar de tristeza pero todo es inútil. Camino sin rumbo y donde quiera que voy veo gente como yo, caminando sin sentido, llorando al lanzador de los sueños, al ciclón de Santa Clara, al número 16 de los Marlins, al hijo sacrificado, al nieto que se convirtió en el orgullo de la familia, al futuro padre de un hijo en camino, que sólo conocerá de su papá las grandes anécdotas que le contaremos millones de cubanos por todo el mundo, y él, orgulloso, sonreirá ante éstas fábulas y dirá: “Wao, me hubiera encantado haber podido conocer a mi padre”. ¿Por qué pasan estas cosas, Señor? Tú que lo sabes todo, danos un consuelo, algo que nos permita entender por qué él, que con apenas 15 años llegó a este país en una lancha con su madre y es ahora ese mismo mar el que se lo lleva de vuelta para hacerlo suyo por siempre, cuando apenas acababa de cumplir 24. ¡Estaba empezando a vivir! Alguien dijo que vivir era ir perdiendo cosas, y si eso es cierto, entonces estamos viviendo a más de 90 millas por hora porque esta pérdida va a ser irreparable no sólo para su familia y amigos, sino para nuestro pueblo. ¡Se va, se va, se fue de jonrón! Y nos deja al campo y con un vacío imposible de llenar en lo deportivo y también en lo humano. Si me preguntaran hoy qué es para mí la vida, diría que estar sentado en un sillón, diciendo adiós, adiós, adiós, y el brazo se te cansa de tenerlo levantado. Uno a uno van saliendo los amigos, parientes, unos al camino, otros a la muerte. ¿Y qué diferencia hay entre el camino y la muerte? Ninguna. Adiós. Y las paredes se agrietan y el piso se hunde y el techo se cae cuando pasan cosas como esta. ¿Quién dijo que los hombres no lloran, coño? Como escribiera el poeta: “Mi alma es una gran bahía donde siempre hay un barco que se va”. Buen viaje, hermano mío, donde quiera que estés que Dios te acompañe y siempre guíe a todos los tuyos que quedan de este lado. Así arrancó y termina el día en esta ciudad, con los hombres llorando y con un país rindiendo póstumo homenaje al mejor estilo beisbolero, y al mejor de los mejores, José Fernández. ¡Play Ball!

José D. Fernández
31 de julio de 1992 — 25 de septiembre de 2016